/ ¿Cómo proteger la innovación en el deporte?: velocidad, arcilla y goles
17 de Abril, 2026No hay una fórmula única para proteger la innovación: todo depende de dónde se crea —y cómo se captura— el valor. Patentes para productos replicables y de escala, protección mixta cuando la tecnología tiene múltiples capas, y secreto industrial cuando la ventaja está, precisamente, en no revelar la solución.
Matías Saavedra
Asociado Patentes
Antiguamente, la diferencia en el deporte se explicaba casi exclusivamente por el talento, el entrenamiento y la táctica. Sin embargo, con la intensificación sostenida de la competitividad, esa realidad fue cambiando, trasladándose parte del protagonismo a instancias muy distintas, tales como laboratorios, centros de datos y oficinas, donde convergen la investigación y desarrollo, el diseño, la creatividad y la ciencia para empujar los límites del rendimiento y elevar el nivel del espectáculo.
En este contexto, la innovación pasó a ser un pilar fundamental. Pero esa innovación no se desarrolla en el vacío: forma parte de un ecosistema en el que intervienen empresas, industrias y modelos de negocio que hacen posible su desarrollo, aplicación y escalamiento. En ese entorno, innovar por sí solo no es suficiente. Para que se traduzca en una verdadera ventaja competitiva, y no sea rápidamente imitada, es necesario protegerla. Solo así es posible capturar su valor y sostener, a partir de ello, un círculo virtuoso de inversión, desarrollo y mejora continua en el deporte. Esa protección, sin embargo, no es un mero acto jurídico, sino un proceso estratégico y multidimensional, estrechamente vinculado al modelo de negocio, la naturaleza del producto y las características del mercado.
Existen, en términos generales, dos grandes caminos para proteger la innovación: las patentes y los secretos industriales, cada uno con ventajas y costos propios.
Las patentes permiten obtener un monopolio legal, por un período de hasta 20 años, que impide a terceros fabricar, usar o comercializar una invención sin autorización. Como contrapartida, exigen divulgar públicamente la solución en términos suficientes para que pueda ser reproducida.
El secreto industrial, en cambio, permite mantener información valiosa fuera del alcance de terceros por tiempo indefinido, siempre que se adopten medidas razonables para resguardarla. Su debilidad es evidente. Si la información se filtra o es descubierta de forma independiente, la protección desaparece. La elección entre uno u otro, o una combinación de ambos no es trivial.
En el fútbol, los botines son un caso paradigmático. Las grandes marcas han invertido durante años en innovaciones vinculadas a la configuración de los tacos, la rigidez de las placas, el uso de materiales compuestos como la fibra de carbono y estructuras textiles avanzadas que buscan optimizar tracción, estabilidad y transferencia de energía. Se trata de soluciones tangibles, visibles y, sobre todo, replicables. En este contexto, la estrategia de protección se apoya fuertemente en patentes, que permiten impedir la copia directa y capturar valor en un mercado global altamente competitivo. Aquí, la lógica es clara: cuando el producto es físico, se comercializa a gran escala y puede ser imitado con relativa facilidad, la patente se convierte en una herramienta esencial.
En el tenis, el sistema Hawk-Eye revolucionó la forma en que se arbitran los partidos e incluso impactó la dinámica del juego. Esta tecnología, que permite determinar con gran precisión si una pelota ha caído dentro o fuera de la cancha, combina múltiples cámaras y sofisticados modelos de procesamiento para reconstruir trayectorias en tiempo real. Su estrategia de protección no descansa exclusivamente en patentes, aunque estas cumplen un rol relevante en resguardar los principios generales del sistema. El verdadero valor, sin embargo, reside en algoritmos, calibraciones y modelos de corrección que se mantienen como secreto industrial. A ello se suma su integración en los recintos deportivos y su validación por parte de las autoridades del tenis, generando barreras de entrada adicionales. Se trata, en definitiva, de una estrategia mixta, donde se revela lo suficiente para proteger la base tecnológica, pero se resguarda lo esencial para sostener la ventaja competitiva.
El caso más contraintuitivo se encuentra en la Fórmula 1. Allí, los equipos desarrollan soluciones altamente sofisticadas en ámbitos como la aerodinámica, las suspensiones, los materiales y los sistemas mecánicos. Muchas de estas innovaciones serían perfectamente patentables. Sin embargo, la práctica dominante es no patentar. La razón es estratégica. Patentar implica revelar información técnica esencial que podría ser utilizada por los competidores para dirigir sus propios desarrollos. En un entorno donde las ventajas son marginales, altamente dinámicas y de corta duración, esa revelación puede resultar más costosa que beneficiosa. A diferencia de los casos anteriores, aquí no se busca comercializar la tecnología ni licenciarla, sino competir directamente con ella. En ese contexto, el secreto industrial, reforzado por estrictos mecanismos contractuales y organizacionales, se convierte en la principal herramienta de protección.
No hay una fórmula única para proteger la innovación: todo depende de dónde se crea —y cómo se captura— el valor. Patentes para productos replicables y de escala, protección mixta cuando la tecnología tiene múltiples capas, y secreto industrial cuando la ventaja está, precisamente, en no revelar la solución.
En el deporte moderno, parte de la diferencia está en quién innova mejor y, sobre todo, en quién define con mayor claridad qué proteger, cómo hacerlo y para qué.



